Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar a un hermano que peque contra él. Su pregunta reconoce que existe una ofensa; no parte de que todo conflicto sea imaginario. Pero busca también un límite que pueda contarse. La respuesta de Jesús conduce a una parábola en la que el problema deja de ser una cifra y pasa a ser la relación entre la misericordia recibida y la misericordia negada. Mateo 18:21–35 y Efesios 4:31–32 permiten acercarse al perdón desde dos ángulos: una historia que desenmascara la dureza y una exhortación que toca la conducta cotidiana. Ninguno presenta el perdón como un simple cambio de vocabulario. Lo que se pone en cuestión es qué hacemos con la deuda del otro después de haber recibido misericordia.
La pregunta de Pedro y una respuesta que desborda la cuenta
Pedro propone perdonar hasta siete veces. Jesús responde con setenta veces siete, según la formulación de la RV1909 incluida en este estudio. Inmediatamente introduce la semejanza del reino de los cielos con un rey que quiere ajustar cuentas con sus siervos. La explicación narrativa acompaña al número y orienta su lectura.
Por eso no parece adecuado convertir la respuesta en un registro que autorice a dejar de perdonar al llegar a una cifra. Esa es una interpretación del conjunto: la parábola que sigue no enseña a llevar mejor la contabilidad del resentimiento. Confronta a un hombre cuya experiencia de perdón no cambia la manera en que trata a un compañero.
El punto de partida tampoco es una negación de la responsabilidad. El rey hace cuentas y la deuda existe dentro de la historia. La misericordia tiene importancia precisamente porque hay algo que perdonar. Si eliminamos la realidad de la ofensa, perdemos parte de la fuerza del relato.
Mateo 18:21–35
La primera deuda: más que un aplazamiento
El primer siervo debe diez mil talentos y no puede pagar. El rey ordena que se venda a él, a su mujer, a sus hijos y sus bienes. El siervo se postra y pide paciencia, prometiendo devolverlo todo. La reacción del señor supera lo solicitado: movido a misericordia, lo suelta y le perdona la deuda.
La diferencia entre pedir tiempo y recibir perdón es decisiva. El relato no describe únicamente una mejora en las condiciones de pago. El hombre sale habiendo recibido una liberación que no podía producir por sí mismo. No hace falta convertir la deuda a una moneda actual para reconocer el contraste: el propio pasaje subraya su incapacidad de pagar y la generosidad de la respuesta.
Esa experiencia prepara la escena siguiente. El lector conoce lo que el siervo ha recibido antes de verlo actuar. La parábola permite así juzgar su conducta a la luz de una misericordia concreta, no de una obligación abstracta separada de su historia.
Mateo 18:21–35
La segunda deuda y el mismo ruego
Al salir, el siervo encuentra a un compañero que le debe cien denarios. Lo agarra del cuello y exige el pago. El compañero se postra y pide paciencia, con palabras semejantes a las que él mismo había utilizado. Sin embargo, el siervo no quiere escuchar y lo manda a la cárcel hasta que pague.
El eco entre las dos peticiones hace visible la contradicción. Quien necesitó que su señor atendiera su súplica no reconoce esa necesidad en otro. No se trata de que cien denarios dejen de ser una deuda dentro de la parábola. Se trata de una misericordia recibida que queda detenida en el beneficiario y no transforma su relación con el prójimo.
Los demás siervos se entristecen y cuentan lo ocurrido. La dureza no afecta únicamente a quienes discuten por el dinero; es vista y lamentada por otros. El señor llama entonces al siervo y confronta su conducta con el perdón que le había concedido.
Mateo 18:21–35
Un final que no conviene suavizar ni usar como amenaza fácil
> ¿No te convenía también á ti tener misericordia de tu consiervo, como también yo tuve misericordia de ti?
Mateo 18:33 — Reina-Valera 1909
El rey entrega al siervo a los verdugos hasta que pague lo debido. Jesús aplica la advertencia a quienes no perdonan de corazón a sus hermanos. La parábola termina con seriedad. No es una ilustración amable que permita conservar intacta la decisión de humillar al otro.
Al mismo tiempo, su centro no consiste en enseñar una tarifa con la que comprar misericordia divina. El orden narrativo comienza por la compasión del señor y después examina la respuesta del siervo. La advertencia confronta la incompatibilidad entre recibir perdón y aferrarse a una dureza que se niega a compartirlo.
Perdonar de corazón apunta a algo más que pronunciar una fórmula mientras se conserva el propósito de castigar. Esa lectura nace del contraste entre las acciones de los personajes. No significa que una emoción dolorosa tenga que desaparecer en el mismo instante ni que recordar una ofensa pruebe, por sí solo, la ausencia de perdón. El relato juzga una negativa activa a tener misericordia.
Mateo 18:21–35
Efesios lleva el perdón a la manera de convivir
Efesios 4:31 nombra amargura, enojo, ira, voces, maledicencia y malicia. El versículo siguiente no deja simplemente un vacío: propone bondad, misericordia y perdón mutuo. El cambio tiene una forma reconocible en el trato entre personas.
> Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos á los otros, como también Dios os perdonó en Cristo.
Efesios 4:32 — Reina-Valera 1909
El perdón aparece unido a la bondad, no aislado como una obligación verbal. Una persona puede decir que ha perdonado y seguir alimentando desprecio o buscando herir. La exhortación permite examinar esa distancia sin exigir una apariencia de tranquilidad. Lo que se abandona es la malicia; lo que se cultiva es una disposición misericordiosa.
Como aplicación cotidiana, se puede empezar por nombrar honestamente la ofensa, reconocer la propia necesidad de misericordia y examinar qué formas de castigo se mantienen en palabras o acciones. El propósito no es fingir que nada pasó, sino evitar que la herida se convierta en permiso para tratar al otro con crueldad.
Efesios 4:31–32 · Mateo 18:21–35
Lo que estos pasajes no deben utilizarse para imponer
Mateo habla de una deuda real y Efesios rechaza la malicia. Ninguno de estos fragmentos manda llamar bueno al daño, guardar silencio ante él o reconstruir automáticamente toda relación. Tampoco ofrecen aquí un protocolo completo para situaciones de violencia. Usarlos como si resolvieran cada una de esas decisiones excedería su alcance.
Como criterio pastoral, no conviene utilizar el perdón para presionar a una persona a volver a una situación insegura o renunciar a decir la verdad. Esa cautela es una aplicación, no una cita del pasaje. Mantiene una distinción necesaria: compartir misericordia no equivale a dar al daño una aprobación que los textos no le conceden.
Mateo 18:21–35 · Efesios 4:31–32
Conclusión
La pregunta no queda solo en cuántas veces habrá que perdonar. También alcanza lo que la misericordia recibida está haciendo en nosotros. Allí donde el resentimiento exige sujetar al otro por el cuello, Mateo invita a recordar la compasión del señor; allí donde la malicia gobierna el trato, Efesios propone bondad y un perdón que pueda reconocerse en la vida compartida.
Referencias bíblicas
- Mateo 18:21–35
- Efesios 4:31–32



